Este es el primer cuento medianamente serio y elaborado que escribí. En 2012. Está inspirado en las historias de mitología clásica, que siguen unos clichés que dan pie a que fluyan las metáforas y la imaginación.

Cuando la escribí no tenía idea de qué final darle a Ilios y a Ai. La suya es una historia sin esperanza y que no parece tener un final feliz posible. Hoy en día, viéndolo desde la distancia, me parece que no está tan mal. Los cuerpos celestes, como las personas, se crean, se destruyen y se vuelven a crear.

Así que he decidido compartirlo y con él estreno mi blog. Agradezco cualquier opinión.

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Cuando Ai conoció a Ilios aún no existía la noche. Ni el día. La tierra vagaba errante por el espacio y la comida era escasa. Por esta razón los humanos eran poco numerosos y las plantas pequeñas.

Entonces no contaban el tiempo por años. Ocasionalmente, el planeta pasaba cerca de una estrella que daba un poco de luz y calor a la superficie y la gente enloquecía de felicidad. Eran épocas de abundancia y prosperidad, largas y espaciadas. Cuando el planeta, en su deriva, volvía a encontrarse lejos de todo, los ancianos contaban historias de cuando el cielo era brillante, como si sólo hubiera pasado una vez y el tiempo anterior hubiera desaparecido de los libros.


—Mamá, ¿por qué vive en una cueva?

—Es peligroso, hija. Si saliera de ahí, nos abrasaría a todos.

—Pero es un niño, debería poder salir a jugar, como los demás.

—No es un niño.

—Pues mis amigas dicen que sí, que lo han visto y es un niño pequeño.

—Parece un niño, pero no lo es, no te dejes engañar.

Ai hacía sentirse incómoda a su madre con tales preguntas, mientras ésta le ajustaba el kimono ceremonial. Era un proceso tedioso, ponerse todas las capas de las prendas de vestir, los pesados adornos en el cuello, el peinado que le estiraba tanto el cabello que le dolía, los diminutos zapatos. Pero al acabar, horas después, Ai se veía radiante.

—Alegra esa cara, hija. Estás preciosa.

—Sí -dijo con una tímida sonrisa-. Pero es que me da pena.

—¿De qué?

—De Ilios.

—Deja esas tonterías ya. Vamos rápido o llegaremos tarde.


—Dicen que mató a su madre y a toda su familia.

—Sí, y que quiere quemarnos a todos, por eso lo encierran.

—Eso no puede ser verdad —dijo Ai a sus compañeros mientras jugaban en el yermo jardín— ¿cómo va a hacer eso un bebé?

—Es que no es un bebé.

—Eso, dicen que es una especie de demonio.

—¿Cómo va a ser un demonio si hace que crezcan las plantas? Gracias a él podemos comer algo que no sean piedras.

—¿Entonces por qué está encerrado?

Se acercó un niño, un poco mayor, y con aires de sentirse importante dijo:

—Venid, os voy a contar la verdadera historia de Ilios.

—¿Y tú qué sabrás?

—Me lo ha contado mi padre, y a mi padre el suyo, desde mi tatarabuelo, que se libró por poco de morir cuando Ilios nació.

—No me lo creo.

—Veréis, cuando nació parecía un niño normal. Aunque tenía el pelo dorado como el trigo, como el trigo de ahora, no el de entonces, y brillante como el agua. Pero a los pocos segundos empezó a brillar, y a llorar, aunque no lloraba demasiado, como cualquier niño. Brillaba como una vela, y en la habitación comenzó a hacer un calor enorme. Entonces se volvió de fuego. ¡Como una antorcha!

—¿Como es ahora?

—Sí, se volvió de fuego y se quedó así. De su piel salían llamas pero él seguía moviéndose como si nada, por eso no digo que comenzó a arder, porque si ardiera se habría quemado él mismo. Se volvió de fuego y quemó a todos los que había en la casa, todos murieron. Menos mi tatarabuelo, que salió corriendo antes.

—Porque era un cobarde.

—No era un cobarde, fue un héroe. Se cubrió con muchas capas de ropa y llevó a Ilios a la cueva y selló la entrada con una piedra enorme. Y fue el único que se atrevió a llevarle alimentos durante muchos días, abriendo un poco la piedra de la entrada.

—¿Y cómo es que Ilios sigue vivo? Tiene que ser muy viejo.

—No crece.

—Sí crece, pero muy despacio. Ahora es un niño como nosotros.

—Dicen que su madre era una bruja. Por eso pasó todo eso, y pagó las consecuencias de su conjuro.

—No era una bruja, mi madre dice que era una diosa.

La realidad era que la mera presencia de Ilios era un peligro, pero su paso por los campos llenaba las plantaciones de vida, volvía verdes las plantas y al cabo de un tiempo la cosecha era tan abundante como para que toda la aldea sobreviviera, calentaba la tierra y las mujeres que iban al río a buscar agua no sufrían el frío en sus pies, e iluminaba los campos y el cielo, dejando ver las cosas que había muy lejos, incluso las blancas nubes del cielo, en los escasos momentos en que estaba fuera de su prisión.


Ai estaba preparada en su puesto en la ceremonia. Como cada vez que escaseaba la comida, los hombres más fuertes de toda la región se colocaban en dos filas, formando un pasillo larguísimo desde la entrada de la cueva, serpenteando por los campos y volviendo al punto de partida. Los hombres se vestían con máscaras, simulando animales con muecas horribles, para obligar a Ilios a correr, asustado, siguiendo el pasillo marcado, y las niñas más bellas se colocaban en lugares estratégicos para hacerlo avanzar. Alguien había pensado que unas niñas tan delicadamente vestidas tendrían que atraerlo.

La primera vez, Ai tuvo miedo. Esperaba tras un recodo de la fila en una colina, subida en una plataforma de madera, con un precioso vestido que no la dejaba moverse, ni correr en caso de que fuera necesario, pero cuando lo vio, comprendió que no debía temer. En los ojos de Ilios había curiosidad. Ni siquiera temor. Si él no está asustado, no puedo estarlo yo.

Como otras veces, Ai esperaba en su puesto. Sólo debía permanecer inmóvil y tener los ojos cerrados para que el brillo del niño de fuego no la cegara al pasar. Todo el mundo estaba en silencio y tensión, si algo salía mal, si Ilios se salía del camino, o simplemente se detenía, sería un desastre. Pero abrió los ojos, como la primera vez. Lo vio salir corriendo de la cueva en cuanto la gran piedra se retiró, corriendo feliz como un niño que se recupera después de estar enfermo y puede salir a jugar al aire libre, emocionado por las cosas nuevas que estaba viendo y no comprendía, huyendo de los hombres feos, no por temor, sino porque sabía que su tiempo en el exterior era corto y quería ver otras cosas más agradables. A su paso, las plantas florecían y los animales daban vueltas. Su cálida presencia reconfortaba de extraña manera a los espectadores.

Sólo fue un segundo, pero Ilios frenó ante los ojos de Ai. Nunca había visto tan profundamente dentro de una persona. O llevaban máscara o tenían los ojos cerrados, pero Ai se mostró antes Ilios como nadie antes. Y entonces fue cuando de verdad se asustó y corrió más que nunca de vuelta hacia su cueva.


—No se lo digas a nadie, o nuestra familia entera será despreciada. No debiste hacerlo, Ai, no hay nada que ver y te pusiste a ti y a todos nosotros en peligro.

—Pero es un niño, mamá, lo he visto. Un niño de verdad, como yo. No lo pueden tratar así.

—Olvídalo ya. Y no vayas contando esas historias por ahí.

Ai era tozuda y, aunque ella no era capaz de mover la gran piedra que sellaba la cueva, se armó de paciencia y cada día, tras las clases, iba con un pequeño trozo de metal que había conseguido de entre las cosas de su padre, y picaba un poco aquella tapadera. Centímetro a centímetro, día tras día, semanas de trabajo, hasta que consiguió abrir una diminuta grieta.

La luz inmediatamente se escapó y Ai sintió un calor dentro de su cuerpo, como si tuviera fiebre. Estiró su pequeño brazo hacia el rayo de luz que salía de la grieta, como si quisiera atraparlo, y un escurridizo punto iluminado bailó en la palma de su mano. No tenía miedo. Su piel se volvía blanca y sus cabellos plateados, mientras comprendía que él la llamaba. Escarbó y golpeó como pudo hasta abrir más grietas y no sólo su cuerpo se transformaba, en su mente algo se escapaba de una barrera invisible, ahora resquebrajada, recordando el momento en que Ilios y ella, Ai, prometieron volver a encontrarse. Una vez habían sido polvo, como todos los hombres y mujeres y niños y animales, polvo disperso por el universo, mucho antes de que la Tierra tuviera día y noche, incluso mucho antes de que la Tierra fuera Tierra.

Un temblor creciente desprendía fragmentos de roca hasta que una sorda explosión voló por los aires la colina donde se encontraba la cueva y ningún habitante de la Tierra volvió nunca a ver a Ilios o a Ai, al menos en su misma forma.

Ilios ya no era un niño, ahora era más como eso que los humanos llaman un dios.

Creció como una bola de fuego, preparándose para el día, muy lejano, mucho después de que la Tierra dejara de existir, en que volvería a esparcirse por el universo, con una gran explosión, en forma de polvo de estrellas. Para eso faltaba mucho. Mientras tanto, en su particular percepción del paso del tiempo, observaba a la raza que temporalmente lo había acogido, dando calor en cada momento a una mitad del mundo, porque no podía con todo a la vez. Tal vez si el mundo fuera plano, pensaba, podría hacerlo, quizás en otra ocasión. Y Ai le acompañaba, se ayudaban el uno al otro, y jugaban, alrededor de la Tierra, como niños que se persiguen en un parque.

FIN

Ilios (c) José Andrés Muñoz 2012 / Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0) / Puedes difundir este texto siempre que cites al autor, no esté modificado, y no sea con fines comerciales.