(Este fragmento pertenece a la novela que actualmente estoy escribiendo, llamada El Enemigo Común. Capítulo 27)

A mi no me importaban demasiado las hormigas. Solamente las aplastaba por aburrimiento. No las odiaba, pero tampoco me preocupaban como para frenarme. Tenía ocho o nueve años, no me juzguéis ahora por eso.

A Mara sí que le gustaban. Tengo que decir que me parece que no era por cariño a la vida de las hormigas, sino porque le gustaba mirarlas. Le gustaba seguir sus caminos, estudiar cómo se movían. Cuando yo jugaba, a mi manera, con ellas, se enfadaba porque le estropeaba su entretenimiento.

—Míralas, son como una serpiente.

—No tienen nada que ver como una serpiente.

—Sí, se mueven igual. Es como una serpiente discontinua. Mi maestro me ha enseñado esa palabra. Significa que es una sola cosa hecha de partes separadas. Y se comunican entres sí con olores y no piensan por sí mismas, así que en la práctica es como si fueran una. Pero discontinua.

Mara era estudiosa y era de las que sabía que podías ganar si sabías más que los demás. Decir estudiosa era decir bicho raro. Como era de esperar, yo me reía de ella por eso, pero ella sabía perfectamente que me quedaba embobado escuchándola.


Cuando hablaba el otro día de sonreír, hablaba de esto mismo. Los humanos también somos así, y no sólo para lo bueno. Hay una serie de imágenes, de sonidos, que entran a nuestro cuerpo por la puerta de atrás, se saltan la conciencia y pasan directamente de los sentidos a los músculos. Como el calor que sientes en el pecho cuando alguien te insulta, aunque sepas que lo que te dice es mentira, pero altera tu pensamiento, como si te controlara a distancia. Como las caras que ponen los tigres, a los tigres sí que me fascinaba verlos, que te miran fijamente y hacen que se te erice el pelo. Como cuando estás en medio de una multitud y hay una sola persona mirándote a los ojos. Puede que no seas capaz de encontrar en un buen rato a alguien que vaya vestido, pongamos, de amarillo, pero si un solo par de ojos te mira a ti, los localizas como si te estuvieran gritando. Como cuando un bebé llora y te entra un escalofrío por la espalda, aunque lo tengas delante de tus narices y sepas que no le pasa nada malo.

En el sur de África lo llaman Ubuntu. En otras partes del mundo, no recuerdo dónde, Ayni. Mi abuela lo llamaba conjuro. Porque el ubuntu es una putada. Basta con que alguien saque pecho y te alce la voz para que tus brazos se tensen y tu espalda se arquee, quieras tú o no, como si el que manejara tu cuerpo fuera otro. Eso se llama miedo. Y también basta con que a alguien le salgan lágrimas de los ojos para que te cambie el estado de ánimo, como una marioneta.

La época en que vivía en la calle, en París sobre todo, aprendí mucho de eso. Hay gestos que paralizan, gestos que empujan, gestos que hacen que te duela algo por dentro, pero que te duela de verdad, sin necesidad de tocarte. Claro, que también hay miradas que te dan calor o tranquilidad, pero lo que aprendí fue nada más que lo relativo a defender y atacar. Entonces no me daba cuenta de que esto tenía tanto que ver con las hormigas, con que somos partes de un puñetero gusano. Qué tonto era. No aproveché lo que de verdad podía haber aprendido.

Por eso, cuando le pegué a ese doctor, no fue simplemente porque estuviera enfadado, o nervioso; todo este sermón es para que se me entienda. Uno nunca puede ser libre del todo. Eso no es necesariamente malo. Como las hormigas. No les va mal teniendo una mente en común. A ver qué hacía una hormiga suelta por la tierra, con niños como yo cerca de ellas. Sueltas no valen nada. Las hormigas ni siquiera pueden, o eso creo, emitir esos olores a voluntad, eso algo automático, de lo que no se dan cuenta, y solo nos damos cuenta nosotros, que somos mucho más grandes, estamos más alto, y vemos la forma de la hilera, desde la distancia.

Solo hace falta aprender a controlar esas señales. Uno: emitir las adecuadas y dos: cerrar la puerta trasera a las que recibes. Con eso uno puede ser el nuevo titiritero de la mente discontinua, para dirigir la serpiente a tu antojo. Sobre lo primero ya digo que aprendí mucho en París, todo el mundo aprende a poner caras agresivas y a asustar, eso no tiene ningún mérito. Lo segundo es más difícil. Cuando el doctor me dijo:

—Louis, estamos pensando en trasladarte de nuevo a la habitación del hospital porque tu comportamiento en la calle está siendo perjudicial para tu cuerpo. Necesitas estar unos días tranquilo, con menos actividad.

Un resorte en mi espinazo saltó. Me incliné hacia adelante, frente a frente con él, con un movimiento rápido, que no sabía que era capaz de hacer, apoyé los puños sobre la mesa y subí los pies, primero uno y después el otro, hasta quedar en cuclillas sobre el tablero, manteniendo la cabeza en el mismo sitio, la mirada fija en sus gafas. Una postura ridícula, sí, pero desconcertante. Debí parecerle un simio a punto de atacar, por su cara de miedo. En eso Mara tenía algo de razón, en que tenía algo de mono, no solamente por la forma de mis pies.

—Tú no vas a decidir donde voy yo —le dije.

En el corto intervalo de tiempo que transcurrió entre que el doctor tuvo la intención de empujarme y que yo le lancé un puñetazo a la cara, me dio tiempo a pensar que quien estaba actuando no era yo solamente, sino el yo colectivo, que era su voz la que había encogido mis tendones, y que yo había perdido el control. No trato de justificarme, disfruté ese momento y no puedo decir que me arrepienta. Me arrepiento más bien de todo lo de antes, llegados a ese punto ya no había mucho más que se pudiera hacer.


Como decía, me dio tiempo a pensar que el elemento que fuera capaz de controlar las señales de la mente discontinua, y en ese momento, obviamente, me acordé de Mara, se convertiría en el titiritero de la serpiente, en el rebelde que ignora el bien común, pero hace lo que puede por sobrevivir.

Entonces tomé la determinación, y digo solo la determinación, porque no lo llevé a cabo, tampoco quiero crear falsas expectativas, de irme a la selva. A observar, no a las hormigas, sino a los tigres y a los simios. A aprender de ellos.

Podía haberme parado y no darle ese puñetazo. El autocontrol ante los conjuros del odio es difícil de conseguir pero no imposible. También hay mucha gente que lo logra. Pero estaba pensando tantas cosas a la vez, que solamente quería largarme, lo más rápido posible. Así que noquearlo me pareció una buena opción. En mi defensa sólo diré que en esa época, mi cabeza no funcionaba demasiado bien. Para qué voy a decir más.

Si los elementos de mi alrededor me empujaban hacia donde no quería ir, no me quedaba más que ser la célula cancerígena que va por su lado, que se olvida del bien común y lucha por su propia supervivencia, que a veces gana y a veces pierde.